Yo a veces pienso que me callo demasiado las cosas. Por ejemplo, cuando alguien me cae mal, fatal, rematadamente mal, no se lo digo porque, obviamente, no puedo hacerlo. Pero claro, me quedo con las ganas y eso me frustra bastante. Luego tenemos esa típica situación en la que el listo de turno abre la boca y no le puedes responder, porque sería una falta de respeto y quedarías bastante mal. Pues nada, allá que me callo mientras observo la jugada cual cariátide. Y claro, luego está esa otra situación en la que una persona te toca las narices repetidamente durante largo tiempo, y a fuerza de tanto callarte, llega el día en que le sueltas una a una todas las borderías que en su día no le dijiste.
Y es que yo de pequeñita era la típica a la que se le ocurría la respuesta perfecta tras la discusión en el patio del colegio, la que no daba demasiadas explicaciones cuando la castigaban injustamente o la que no rechistaba cuando le gastaban los rotuladores nuevos a mala idea. Y, quieras que no, esas cosas se quedan ahí.

Si es que por callarme, ya hasta me callo vía online. Porque claro, yo en el blog no cuento apenas cosas sobre el estado de mi vida actualmente, que bien podría escribir dos novelas y una guía de lectura, pero lo curioso es que sé que me leen personas que me conocen, y podría no hacerles mucha gracia verse reflejados en las parrafadas incongruentes que escribo. O eso, o que se enteren de demasiadas cosas. A veces me gustaría tener un blog totalmente anónimo, llamarme Mariquita la Fantástica y largar y largar sobre todas esas cosas que me gustaría contar y que no puedo. Pero he sido yo la que ha dado a conocer este sitio, así que a aguantarse tocan. Y que conste que yo estoy encantada de que algunas personas que conozco me lean, pero a veces me gustaría tener más privacidad en este sentido.
Lo mismo me pasa en Twitter, esa pequeña gran red social a la que me uní hace ya cuatro o cinco añazos. Y no creáis que le doy mucho uso, que ya me gustaría. Yo soy de la opinión de que a nadie le importa si te estás comiendo un bocadillo de salchichón del Mercadona, si estás en el gimnasio con el chándal rosa de Adidas o en tu pueblo haciéndote la moderna rural dominguera posando frente a una tomatera. Tampoco me importa especialmente cómo son las galletas de chocolate que acabas de subir a Instagram, del mismo modo que visualizar el hocico de tu perro sobre tus apuntes en plan casual por enésima vez no me altera la sangre... Ahora bien, si haces eso a la par que comentas algo interesante, publicas alguna reflexión por insignificante que te parezca o enlazas páginas interesantes, pues no me importa tanto ver entre todas esas publicaciones lo que vas a comer hoy o los calcetines que te has puesto, qué quieres que te diga.
Con todo esto quiero decir que la gente dice demasiadas cosas, por Twitter, por Facebook, por los blogs, pero luego, en la vida real, no sueltan prenda, ni te dicen al oido esos poemas filosóficos que han puesto en su muro. Y que conste que me parece estupendo, porque internet te ofrece la posibilidad de expresarte libremente sin la privación que supone muchas veces el cara a cara, por eso de la timidez.
Que conste también que sólo hay una cosa por la que yo no mantendría la boca cerrada ni aunque me pagaran: cuando se trata de defender a alguien. Pero, dejando al margen ese tipo de situaciones en las que me replanteo un futuro profesional nada halagüeño como abogada o jurista, me lo callo todo, y eso no puedo ser. Luego vengo al blog, escribo como si no hubiera mañana y me desquito un poco. Y me siento mejor. Un poco. Es en estos momentos cuando esta frase pierde todo su significado para mí:
"Si lo que vas a decir no es más importante que el silencio, no lo digas"
Hay que hablar, decir las cosas, teclearlas, escribirlas, grabarlas en piedra o hacer señales de humo... pero hay que hablar. Hombre ya.