Hay quien dice que los años noventa hicieron mucho daño, mucho. Me imagino que este dicho se referirá a la forma de vestir, por supuesto.Yo nací en el noventa y cuatro, y aunque cualquier tiempo pasado no tiene por qué ser mejor, la verdad es que echo de menos aquella década en la que las mujeres lucían flequillos XXL y Britney Spears sonaba en la radio a todas horas. Y que conste que ni me gusta Britney Spears ni soy muy amiga de dejarme flequillo. Es una cuesión de nostalgia, de añoranza. Las letras de las canciones -desprovistas de la violencia del llamado "reggaeton"- tenían letras amables (a veces un tanto insulsas) que invitaban a dejarse llevar. La industria "Disney", desconocida entonces para Hannah Montana y los hermanos "JB" estaba en su esplendor con éxitos como "Pocahontas" o "El rey León", clásicos llenos de fantasía que estaban a años luz de los filmes superficiales y comerciales que se hacen hoy en día para los más pequeños. Los niños alucinábamos con veinte duros, aún jugábamos en las calles y no nos daba vergüenza ver los dibujos animados a los ocho años. Éramos seguidores de "La Banda del patio", "Digimon", "Sakura", "Sailor Moon", "Pepper Ann" y un larguísimo etcétera. Hoy "Los Lunnis" y los "Gormiti" se adueñan de las televisiones, pero jamás podrán igualar a sus predecesores.

En los noventa vestíamos chándals horteras (muy horteras) y a las niñas nos ponían vestiditos con florecillas. Resultaba extraño que un niño de cinco años pronunciase palabrota alguna, y te empezaban a instruir en temas de contenido sexual a eso de los diez años. Hoy, los niños de seis añitos saben lo que es un "gilipollas", un "hijo de..." y, por supuesto, un "cabrón". La inocencia se extingue cada vez más tempranamente, y a muchos padres parece darles igual.
Antes "flipábamos en colores" viendo "Megatrix" o "El Gran Prix" merendando "Phoskitos" o bocadillos de jamón. Ahora, las televisiones han creido más conveniente suprimir en gran medida la programación infantil y sustituirla por una señora rodeada de una corte de payasos -que dícense periodistas- de un tal "Sálvame". Pobre de aquella inocente criatura que una tarde cualquiera se tope con semejante aberración televisiva mientras merienda.

Reivindico el derecho de los niños de hoy en día a seguir siendo niños, a no avergonzarse al hacer aquello que hoy en día se considera infantil y atrasado. Yo no sé si los niños de los noventa éramos más espabilados que los de ahora o no, pero lo que sí sé es que no nos hacía falta ningún iPhone ni insultar valientemente a la profesora para experimentar la indescriptible sensación de mancharnos la ropa de los domingos en el parque o de correr en el "Pilla, pilla" como si no hubiera mañana. Cada vez me queda más claro que la felicidad no se compra con dinero y que ser niño es el mejor oficio del mundo. Lástima que a veces se nos olvide.