Martina se levantó a las siete de la mañana, deseosa de encontrar al fin una solución a ese paro obligado que arrastraba desde hacía seis meses. Lentamente, abrió el grifo del agua fría y sus poros despertaron ante la caricia helada que le procuraban sus manos. Se miró al espejo. Tenía algunas ojeras, pues no había dormido nada, y su rostro parecía apagado. Tendría que echar mano al maquillaje para hacer un milagro... otra vez.
Se bebió el café caliente a pequeños sorbos, quemándose la lengua, y se puso el traje gris de rayas que lucía en todas las entrevistas. Despertó a Donna con una suave caricia que la gatita respondió con un pequeño maullido, y trató de desenredar su pelo. El peine luchaba incansablemente por desenmarañar esos rizos pelirrojos que a Martina le habían dado tantos quebraderos de cabeza. Cansada, optó por recogerse el pelo y cubrió sus ojeras con corrector.

Martina se miró al espejo por última vez antes de salir, y suspiró. Los pantalones le apretaban demasiado, y con ese recogido improvisado que se había hecho, cansada de luchar con sus rizos, parecía mucho mayor. El maquillaje, precozmente acartonado, asfixiaba su rostro, y a duras penas ocultaba los estragos que el cansancio y los nervios de la noche anterior habían marcado sobre su piel. Odiaba ese maletín negro de piel que portaba diez copias de su currículum, y los zapatos le estaban pequeños, y hacían que le dolieran los pies. El cuello de la camisa hacía que le picara la espalda, y las lentillas le estaban provocando una irritación en los ojos que estaba despertando sus instintos asesinos por momentos. Y entonces, al verse tan patética, tan absurdamente disfrazada de alguien que no era, tan hipócrita, tan desleal a sí misma y a lo que realmente deseaba hacer, tomó una decisión. Se quitó el traje, se soltó el pelo, se deshizo de los zapatos con un par de patadas y se puso sus gafas de siempre. Guardó el maletín en el armario del trastero, se puso una camiseta de Pink Floyd y unos pantalones morados, sus zapatillas de la suerte, y se colgó al hombro la mochila que antaño la acompañó en mil y una aventuras. Entonces, le dejó algo de comida a su gatita Donna, cogió un estuche con carboncillos y un bloc de dibujo, y se montó sobre su bici. Pedaleó sin descanso, olvidándose de la entrevista de trabajo, de las años de estudio, de ese máster que le había costado una pasta y que aborreció hasta el mismo día que acabó, y se perdió por las calles de su ciudad, libre al fin. Estaba decidida a hacer lo que siempre había querido hacer, a estudiar Bellas Artes en cualquier otra ciudad tirando de cualquier beca y de la ayuda que le pudiera proporcionar algún que otro empleo de verano. Y, sobre todo, estaba decidida a ser ella misma por primera vez en mucho tiempo. Sabía que pasaría hambre, que sería duro, y que el futuro que le esperaba estaba muy alejado de los cómodos -y fríos- sillones de piel de una oficina y del tecleo incesante de un ordenador... y por eso le gustaba tanto.
Dejó de pedalear, y se detuvo frente al faro.
Ahora sí... había mucho trabajo por hacer.