Hola de nuevo! Este es el relato que he escrito para el Certamen Literario del instituto. Me han dicho que le han dado el segundo premio, así que muchíiiiiiiiiiisimas gracias y mi enhorabuena a la ganadora del primer premio, que aunque dudo que me lea por aquí, me consta que es una gran escritora.
Se trata de un relato de misterio, diferente a lo que había escrito hasta ahora. No tengo demasiado tiempo para escribir cosas nuevas con la Selectividad, así que aprovecho para colgar mientras tanto este relato, "El misterioso caso de Victoria Lange" o como yo le digo cariñosamente, "La Vicky" (je je je). Por cierto, os lo dedico a todos los que leéis mi blog y me apoyáis con los estudios y demás. Un besazo!
Dicen que el ser humano es totalmente
vulnerable al destino por más cruel e injusto que éste pueda llegar a ser.
También dicen que el hombre está dominado en muchas ocasiones por una especie
de instinto que le lleva a intentar descubrir lo que se esconde más allá de las
apariencias, aún cuando el miedo a sacar a la luz la terrible y esclarecedora
verdad pueda paralizarle. Quizás fue ese mismo instinto el que llevó a Rodrigo,
el capataz de la hacienda de los Ruiz de Mendoza, a dirigirse a toda prisa
hacia las caballerizas de la propiedad al sentir un aire cargado y asfixiante
que adivinaba la proximidad de un incendio.
El capataz cabalgó incansablemente
durante varios minutos y contuvo una exclamación al contemplar el panorama que
tenía ante sus ojos. Efectivamente, no se equivocaba: las caballerizas ardían
furiosamente. Los mejores sementales de la hacienda, el cobertizo de madera y
los útiles para trabajar la tierra eran ahora pasto de unas enormes llamas que
devoraban todo cuanto encontraban a su paso. Rodrigo recordó que la patrona, la
señora Victoria, le dijo que se dirigiría al lugar a primera hora de la tarde.
Sin embargo, nadie gritaba en busca de auxilio. —Quizás he llegado demasiado
tarde— pensó el fiel trabajador con nerviosismo antes de disponerse a cabalgar
hacia los prados con la intención de reunir a sus secuaces para salvar a la
joven. Lo que Rodrigo constató pocos minutos después fue que, en efecto, había
llegado demasiado tarde.
Dos días después se ofició el funeral
por Victoria Lange, esposa de Salvador Ruiz de Mendoza y heredera de una
cuantiosa fortuna. Victoria era una mujer inteligente, bondadosa y sencilla.
Ocultaba su impresionante atractivo físico tras ropas oscuras y recatadas, y
apenas se prodigaba en actos sociales. Huérfana y de origen inglés, se vio
obligada a casarse a los dieciocho años con Salvador, un español de alrededor
de cuarenta años poseedor de una de las mayores haciendas de toda Andalucía y,
ante todo, hombre déspota y cruel donde los haya. Los Lange vieron en él, poco
antes de morir en un accidente náutico, al candidato ideal para velar por la
administración de la elevada fortuna de la que su hija mayor, Victoria, podría
disponer al contraer matrimonio. Así pues, la joven hubo de viajar desde su
Londres natal con su hermana Catherine –soltera— hacia tierras malagueñas,
territorios completamente desconocidos hasta entonces para las dos inglesas.

Las malas lenguas decían que el
matrimonio de Salvador y la señorita Lange era, cuanto menos, tormentoso.
Quizás la considerable diferencia de edad entra ambos era el origen de muchas
de las enardecidas discusiones que se desencadenaban en el silencio de la
casona cada noche, mientras todos dormían. Ella era rebelde e independiente y
su espíritu liberal se veía refrenado en aquella jaula de oro y falsedad que
era la conocida hacienda en que vivía. A todos les extrañaba la ausencia de la
joven en las fiestas más concurridas de la localidad y las sirvientas solían
murmurar por las esquinas sobre los cardenales y arañazos con los que solía
amanecer. Victoria, amante de la equitación, solía atribuir aquellos moratones
a alguna que otra caída del caballo, pero la realidad era bien distinta. Todas
las noches, Salvador regresaba a la hacienda embriagado en coñac y cigarrillos
después de haber pasado la tarde con alguna de sus amantes Dios sabe dónde.
Luego, subía a la alcoba de su esposa y le propinaba brutales palizas que en
ocasiones la dejaban inconsciente. Catherine, por su parte, sentía una profunda
envidia por su hermana desde la infancia y vivía amargada por la idea de no ser
la esposa de Salvador. Él prefirió a Victoria, más joven y astuta, y ella hubo
de conformarse con algún que otro encuentro furtivo con el señor mientras todos
dormían. Con el tiempo, llegó a convertirse en su amante y cómplice. Era ella
quien inventaba cientos de excusas para que nadie sospechara de los malos
tratos recibidos por la señora de la casa y quien se encargaba de atormentarla al
recordarle todos los días que nunca podría huir del fatídico destino al que
había sido entregada.
La noticia del fallecimiento de
Victoria Lange causó verdadero estupor en el pueblo. Aún cuando no era muy
conocida debido a sus poco frecuentes apariciones públicas, las circunstancias
de su muerte llegaron a convertirse en el suceso más comentado en el lugar y
sus alrededores durante largo tiempo. Salvador y Catherine, rigurosamente
enlutados, presidían el primer banco de la iglesia mientras el anciano
sacerdote oficiaba una misa monótona y aburrida interrumpida por los acordes de
un réquiem. El cuerpo de Victoria había sido reducido a cenizas, y en el lugar
de los hechos tan sólo se encontraron su anillo de compromiso, un broche de
esmeraldas y una pitillera metálica con las iniciales de su esposo.
A la salida de la iglesia, un
concurrido número de conocidos de la familia se acercaron a Salvador y
Catherine para ofrecerles sus más sentidas condolencias. Cuando todos se
hubieron ido, un joven trajeado y con sombrero de copa se dirigió a ambos. Su
piel blanca y sus ojos azules evidenciaban que era extranjero.
—Permítanme que les moleste en estos
momentos tan delicados para ustedes, pero debo comunicarles algo sin demora. —
Los amantes se percataron del acento inglés del joven y se volvieron lentamente
hacia él.
—Usted dirá —musitó Salvador con
indiferencia.
—Mi nombre es James Miller. He sido
reclamado por la Guardia Civil de esta localidad para investigar la muerte de
su esposa Victoria. —prosiguió el extranjero.

—Aquí no hay nada que investigar.
Victoria salió a montar a caballo como cada tarde, y probablemente provocó un
incendio con uno de sus cigarrillos. Siempre tenía uno en la mano. Me temo que
se ha equivocado usted de lugar, así que le ruego que se marche y elimine de su
cabeza cualquier pretensión de revolver cualquier asunto relativo a la muerte
de mi hermana. Comprenda que tanto mi cuñado como yo estamos profundamente
afligidos. —sentenció Catherine.
Pese a los ruegos de los interesados
e hipócritas parientes de Victoria, el joven investigador se instaló en el
pueblo y comenzó a hacer su trabajo desde el mismo día de su llegada. Resultaba
extraño que la Guardia Civil, tan desvinculada por aquel entonces de las
relaciones internacionales, hubiese solicitado los servicios de un investigador
inglés para esclarecer la muerte de la joven. Sin embargo, el capitán del
cuartel del pueblo aceptó sin demasiado interés las explicaciones de
Miller y le dejó hacer su trabajo,
imaginando que cumplía órdenes de un superior.
James Miller se hospedó en la mismísima
hacienda Ruiz de Mendoza pese a su enemistad con la familia. Al fin y al cabo,
aquel era el entorno idóneo para documentarse sobre la vida de la desdichada
Victoria Lange. Realizó un recorrido completo
por las habitaciones, anotando en un cuaderno de piel todo cuanto observaba.
Catherine, sigilosa, le observaba con recelo desde las esquinas. En pocos días,
el suspicaz investigador descubrió que Catherine y Salvador eran amantes, y
luego de un exhaustivo interrogatorio al
que sometió a las criadas consiguió atar
cabos y descubrir que Victoria era maltratada por su marido y, en ocasiones,
por su hermana. La suspicacia de Miller era un don que jugaba en contra de los
dos amantes, que temían que el investigador les culpase de un momento a otro de
la muerte de la joven. Motivos no le faltaban: ambos estaban interesados en apropiarse
de su fortuna.
Además, Catherine soñaba en la intimidad de su habitación con
deshacerse de su hermana y ocupar el lugar que realmente le pertenecía al
convertirse en la esposa de Salvador. Quizás aquella tarde no le faltó sangre
fría para aliarse con él y provocar un incendio en los establos que acabaría
con la única persona que obstaculizaba todos sus planes.
Esta hipótesis comenzó a perfilarse
en la mente del audaz investigador, que avanzaba en sus pesquisas con asombrosa
rapidez. Apenas cruzaba palabra con cuantos le rodeaban, y fue precisamente
esto lo que rodeó a James de un halo misterioso que obligó a Catherine y a
Salvador a ponerse en guardia. Estaba yendo demasiado lejos, y no podían
permitir que se les acusara de un crimen que no habían cometido pero que sería,
sin embargo, fácilmente asumido por todos, pues en el pueblo se sospechaba
desde tiempo atrás que entre Lange y Ruiz de Mendoza había más que una simple
relación de parentesco, lo que unido a la vida ascética y tormentosa de
Victoria y a la codicia que fácilmente podrían suscitar en ellos las elevadas
cifras de dinero que albergaba en su cuenta bancaria les posicionaría con toda
seguridad como principales asesinos de la joven inglesa.
Tras varios días encerrado en su
alcoba, escribiendo incansablemente a la luz de las velas, sin apenas comer ni
dormir, James enunció su veredicto: Catherine Lange y Salvador Ruiz eran los
responsables de la muerte de Victoria. La noticia fue recibida con poco asombro
por el capitán Torralba y el acalde del pueblo; todos lo sospechaban.

—La tarde del incendio, Victoria se
dirigió a las caballerizas para montar, como de costumbre. Mientras ensillaba
su caballo, su hermana y su esposo provocaron un brutal incendio en el lugar y
huyeron apresuradamente. Como prueba ineludible de su fechoría, perdieron en la
huida una pitillera con las iniciales “S.R.M.” y un broche de esmeraldas
perteneciente a la señorita Catherine —sentenció el investigador.
— ¡Usted no sabe lo que dice!
¡Miente! —replicó Catherine acaloradamente. —Victoria solía fumar muy a menudo,
ella podría haber provocado el incendio accidentalmente al arrojar el cigarro
sobre la paja. Seguramente tomó prestada la pitillera de su esposo. Y en cuanto
al broche, bueno… yo misma se lo presté. —inventó ávidamente.
—Usted misma reconoció que ese broche
pertenecía a su hermana el día en que fue encontrado. —repuso Miller. Además,
nadie en el pueblo afirma haberles visto tanto a su cuñado como a usted la
tarde del suceso. Usted no se encontraba en la casona, bordando como de
costumbre, y el señor Ruiz de Mendoza no frecuentó en toda la tarde el burdel
al que solía acudir ni fue visto en ningún otro lugar. Si nadie tiene más que
alegar, yo creo que podríamos afirmar sin temor a equivoco que ustedes son los
responsables de la muerte de Victoria, y deben pagar por ello.
Tanto Salvador como Catherine sabían
perfectamente que aquella tarde ambos se habían citado en un claro del bosque
cercano a la capital para llevar a cabo uno de sus encuentros furtivos.
Alegaron estos hechos en su defensa, pero nadie les creyó. Por todos era sabido
que la pareja llevaba largo tiempo conspirando en contra de la indefensa joven,
que se consumía día tras día en la majestuosa hacienda temiendo el día en que
ambos acabaran con ella para disfrutar de su fortuna despreocupadamente. Quizás
la tiranía del cruel terrateniente, que en más de una ocasión había estado
involucrado en casos de corrupción política, llevó al alcalde a ensañarse con
él y dar parte a las autoridades de los hechos. En poco tiempo, Catherine y
Salvador fueron encarcelados, y las propiedades Ruiz de Mendoza pasaron a ser
expropiadas. De nada sirvieron las
réplicas de ambos ni reconocimiento social con el que contaban. Poco después,
James Miller recogió sus enseres, se despidió del alcalde y del Capitán, y se
marchó. Llamaba poderosamente la atención la facilidad y la suma rapidez con la
que el joven había resuelto el caso, como guiado por una especie de inspiración
divina que le facilitaba la información requerida para concluir la
investigación, pero la justicia española, tan preocupada entonces por los
bandoleros que poblaban los montes de la periferia decidió no darle mayor
trascendencia al asunto.
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Londres, una semana después. Un
caballero ataviado con un sombrero de copa, una larga capa oscura y chaqué
camina cabizbajo entre la muchedumbre de una ciudad sumida en una nube de
polvo, inmersa en los albores de una revolución industrial que no tardaría en
llevar a Inglaterra a la preeminencia sobre Europa. El caballero abandona un
viejo edificio situado en las afueras de la ciudad y se dirige a una de las más
lujosas mansiones de la zona, presidida por monumentales columnas y fastuosos
jardines. Una criada le abre la puerta. Él se dirige nerviosamente a la última
planta de la estancia y abre las puertas correderas de un amplio despacho
iluminado por sendos ventanales. Una esbelta silueta femenina que sostiene un
cigarrillo mira a través de ellos con indiferencia. Parece no importarle todo
cuanto pueda ocurrir a su alrededor. Sin embargo, hoy es un gran día para ella.

—Todo ha salido según lo previsto.
Ambos pasarán una larga estancia en el penal. ¡Por fin! ¡Por fin has logrado
vengarte de ellos, de aquellos que nos separaron y te humillaron durante años,
privándote de lo que es tuyo, de tu dinero, de tu libertad! Sin tu ayuda no lo
habría conseguido. Debo decir que fuiste tremendamente explícita en las
descripciones que me diste de ellos y de la servidumbre. Fue fácil convencer al
inepto del alcalde de que pretendían terminar contigo y disfrutar de tu
fortuna. ¿Lo ves? Ahora nadie podrá impedirte ser libre y hacer cuanto te
plazca con tu vida. Ya has llevado a cabo tu venganza, y no tendrás que
responder ante ellos nunca más. El nuevo documento de identidad llegará en
pocos días, o eso me aseguró ese viejo traficante esta mañana.
La silueta femenina se dio la vuelta
lentamente, profirió una sonrisa irónica y le dio una calada a su cigarro. Se
acercó lentamente al joven de la capa, le tomó de la mano y suspiró.
—Debo reconocer, James, que has
resultado ser un gran investigador. A partir de ahora nadie me dominará a su
antojo y podré estudiar, viajar, incluso dirigir una empresa, ¡qué sé yo! Tengo
miles de planes y mucho tiempo por recuperar.
—Espero que entre tus planes esté
compartir tu vida conmigo— sugirió el joven, poniéndole una sortija de oro
blanco sobre el dedo anular. Su compañera le miró con expresión interrogante,
pero rápidamente sonrió.
—Por supuesto. —admitió Victoria
Lange antes de cerrar la puerta y fundirse con James en un apasionado beso.
