“En la oscuridad puedo colgar en las paredes de mi mente lienzos de colores, en la soledad puedo ver quién soy bajo la piel"
Beatriz y los cuerpos celestes

domingo, 2 de junio de 2013

Mejor Manolo

No sé si os habré comentado alguna vez que soy una fan absoluta e indiscutible de Manolito Gafotas. Yo no sé si Elvira Lindo habrá hecho algún tipo de experimento para conocer tan extremadamente bien la mente infantil, pero lo ha clavado en todos y cada uno de sus libros. Recuerdo que el primer ejemplar que me regalaron fue "¡Cómo Molo!". Tendría yo unos nueve años, y se convirtió en mi lectura favorita. Lo leía a todas horas, una vez detrás de otra. Casi me lo sabía de memoria. Luego llegaron los demás ejemplares, uno tras otro, y terminé de volverme totalmente adicta a ese pequeño gran genio miope que contaba su propia vida con tanto desparpajo. ¿Y por qué me gustaban tanto sus historias? La respuesta es un topicazo, pero no hay otra:  porque me sentía muy identificada con ellas. Manolito narraba los verdaderos pensamientos de un niño de nueve años como nadie. Las cosas que a él le pasaban yo ya las había vivido con anterioridad, y creía que sólo me ocurrían a mí.

Hace unos diez años, se publicó el que todos creían que sería el último ejemplar de la colección. Sin embargo, en 2011 la autora decidió volver a las andadas y satisfacer a sus fans con "Mejor Manolo", el último título publicado. En este libro encontramos a un Manolito (ahora Manolo) de doce años, un poco más maduro y afianzado en su papel de hermano mayor. Manolo ahora tiene otras preocupaciones bastante más alejadas de esas que le mantuvieron en vilo durante su infancia. Por ejemplo, mientras descubre que todos los que están a su alrededor tienen una habilidad especial, él no sabe muy bien si destaca en algo o no.  Y, nuevamente, me he vuelto a sentir identificada con este niño, porque yo también me he hecho la misma pregunta miles de veces. Es más, tengo que reconocer que me emocioné un poquito leyendo este párrafo, porque es el merecido reconocimiento que este personaje recibe después de tantas y tantas venturas:

-Abuelo -le dije- y yo, ¿para qué sirvo?

Me miró y casi se echó a reír.

-Sí, abuelo, lo digo en serio, ¿yo para qué sirvo?

-¿Tú? Pues para ser el consuelo de mi vejez, ¿te parece poco?

-Eso no es servir para algo.

-Tienes razón, además, el día que yo falte tendrás que dedicarte a algo...

-Ay, abuelo, siempre con lo mismo. Di, para qué valgo. Mira el Imbécil lo que sabe de ordenadores, y mira Chirli... Todos le aplauden. Y hasta el Orejones, que siempre ha sido un inútil, ahora se cree alguien.

-¿Quieres que te diga de verdad para lo que sirves?

-Sí, pero de verdad, no en plan peloteo.

-Muy bien, te lo voy a decir de verdad. Hay niños a los que enseguida se les vé para dónde van a tirar. Tu hermano es un genio, eso lo sabemos, aunque sea un egoistón. Y tu hermana es una estrella, eso lo saben hasta los chinos de Rusia. Y el Orejones... no sé si servirá para algo pero si a los doce años lleva ese flequillo con tanto desparpajo seguro que va a saber buscarse la vida.

-Vale, pero.... ¿y yo?

-Pues luego hay niños que nadie sabe para lo que sirven...

-Eso es lo que me pasa a mí.

-Pero, ¿sabes por qué? Porque es muy difícil de explicar lo importantes que son.

-Eso es peloteo. Yo no soy importante.

-Lo eres. Quieras o no. Y todo el mundo te necesita en esta casa. Pero son cosas que nunca se dicen . Nadie va a decir nunca que la vida no sería igual sin este Manolito.


-Mejor Manolo, abuelo.

(...)

No sé si será verdad que soy un tío importante, pero cuando me acosté (...) de la emoción que tenía, no me podía dormir. ¿No te ha pasado nunca que te pones a pensar en que si tú desaparecieras todas las personas que conoces estarían peor de lo que están? Era un pensamiento tan fuerte que creí que me iba a estallar el cerebro.

Manolitolo me ha hecho reír miles de veces, y confieso que de vez en cuando releo sus libros una y otra vez, porque me devuelven una parte de mi infancia y porque me permiten introducirme por un ratito en su mundo, en sus pensamientos. Pero esta vez, este niño me ha  hecho plantearme cuál es el papel de cada quien en la vida.Yo creo que hay que tener en cuenta dos cosas:

1.- Nadie es imprescindible.
2.- Todos estamos en este mundo por algo, ya sea bueno o malo.

Gracias a Manolito (y a Elvira Lindo) por haberme permitido disfrutar de sus miles de aventuras durante todo este tiempo. Y, como afortunadamente, todo lo escrito permanece, espero poder seguir haciéndolo durante mucho tiempo, cada vez que abra uno de sus libros.

¡Un besazo!





martes, 28 de mayo de 2013

Los dilemas universitarios de Mar. Second part.

Después de escribir una entrada dramática, lacrimógena y deprimente sobre su primer año de carrera (académicamente hablando, claro. En lo personal, podría escribir un best-seller), y tras leer los comentarios de quienes tuvieron a bien contarle su experiencia personal y darle ánimos, Mar permaneció pensativa durante un buen rato y llegó a una conclusión.

Vamos a ver. Lo que está claro es que la vida no es algo predefinido que podamos planear con antelación. Podemos esbozar ciertos planes, perfilar proyectos de futuro, pero es casi imposible atarlo todo de tal manera que salga tal y como queremos, porque cada día pasa algo nuevo, algo diferente que cambia las cosas hasta límites insospechados. Uno nunca sabe la de vueltas que puede dar su vida. Hay abogados que jamás pensaron terminar ejerciendo ese oficio, y ejecutivos que lo dejaron todo por dedicarse a la pintura.



Mi plan de estudios es un asco, lo sé. Y actualmente están las cosas fatal en este país, también lo sé. El hecho de que estén las cosas tan mal hace que el futuro de los estudiantes sea bastante incierto, y creedme, estudiar con esa incertidumbre de no saber si terminarás trabajando no es fácil. En cualquier caso, hay que hacer algo. Está claro que estudiar es la llave, aunque quizás nos cueste encontrar la cerradura correcta. Sin unos estudios, dificilmente lograremos conseguir algo más en el futuro. Puede que siga habiendo paro, es cierto, pero nuestra formación seguirá ahí, y no nos la podrá quitar nadie. Lo que estoy estudiando ahora mismo me motiva más bien poco, pero es la única opción que tengo ahora mismo, y aunque en ocasiones pueda llegar a ser bastante frustrante, es mejor que nada.

Por eso, he decidido resignarme por el momento. Si el día de mañana llega esa oportunidad que tanto deseo, y se me enciende una lucecita, daré un giro radical a mi situación y me dedicaré a lo que realmente me gusta. Pero, de momento, como no sé lo que va a ocurrir, no me queda más remedio que amoldarme a lo que tengo y tratar de llevarlo de la mejor manera posible, esperando que sea el preludio de algo mejor. Ojalá que sí.

Los dilemas universitarios de Mar terminan aquí, que no es cuestión de alargar la cosa. Eso sí, si algún día más se me va la pinza y me da por hacer de nuevo esos horrorosos dibujos con Paint, no me haré responsable.

Un besazo!!

domingo, 26 de mayo de 2013

Los dilemas universitarios de Mar. First part.

Warning: Preparáos física y emocionalmente para lo que váis a leer, porque os aviso de que se trata de un testimonio real muy dramático. Comencemos.

Cuando te metes en una carrera y después de un tiempo decides que no te gusta, tienes un problema. Y si encima tienes la mala suerte de parecerte a cierta individua de diecinueve años con gafas que se calienta la cabeza hasta por cosas tan irrelevantes como los ruidos extraños que hace la nevera al autodescongelarse, tienes un problema aún mayor. Sí, amigos, lo reconozco: la he liado. Mucho. O me han liado, todavía no lo sé a ciencia cierta. El caso es que ocho meses después de empezar Estudios Ingleses, he llegado a la triste y desalentadora conclusión de que no me gusta. Rectifico: no es que no me guste la carrera, es que no me gusta el plan de estudios de mi universidad. En realidad, hay muchos mitos y tópicos alrededor de Estudios Ingleses, lo mismo que sucede con otras titulaciones.



Escalofriante autorretrato


Mito nª 1: Todas las asignaturas se dan en inglés.

Mentira. Mentira, mentira, mentira. Al menos, no es así en mi universidad. Dimos dos asignaturas en inglés en el primer cuatrimestre, y sólo una en el segundo. Osease, tres asignaturas en inglés de un total de diez. I wanna cry.

Mito nº 2: ¿La única salida profesional? ¡La docencia!

Otra gran y sucia mentira. Que sí, es cierto que la opción más habitual es sacarse el máster de educación, prepararte las oposiciones y, con mucha, mucha, muchísima suerte, conseguir una plaza de profesor en un instituto. Pero esta no es la opción que yo quiero. No la descarto, porque nunca sabes cuántas vueltas puede dar tu vida... ni qué terminarás haciendo. Pero no me veo así, no es lo que yo quiero.

Mito nº 3: Tu nivel de inglés aumenta considerablemente desde el primer curso.

En este punto sí que me dan realmente ganas de llorar. Mi plan de estudios incluye MILES de asignaturas de español en el primer año: Literatura española del Siglo de Oro, Lingüística española, Ortografía española... ¿La explicación que nos dan? "Es por si decidís dar clases de español en el extranjero". ¿Y para eso es necesario mimetizar nuestra carrera con la de Hispánica? Seriously? Pourquoi? ¿P-por qué?


Y claro, yo, que soy una drama-queen, me vengo abajo cuando me pongo a pensar en lo que estoy estudiando:

"¿Pero qué demonios estoy haciendo con mi vida?"

 "Esta carrera no me gusta, voy a meterme en la página de la universidad para buscar otras opciones".

(30 minutos después, al borde del llanto)


"No encuentro ninguna carrera que me guste, no tengo ninguna vocación, no sé qué hacer, no quiero seguir en inglés no quierjhskhgrjg<jkg buaaaaaaaaaaaaa"
Y así todos los días. También hay momentos en los que me auto-motivo y me vengo arriba:

"Venga, que a lo mejor la carrera se pone interesante en segundo. Que sí, que primero ha sido un rollo, pero siempre dicen que los comienzos son difíciles. Además, si hablo con gente de otros cursos, seguro que me dicen que la cosa cambia"

(Hablando con gente de otros cursos):

-No tía, qué va. La carrera es y sigue siendo un peñazo también en segundo. A partir de tercero cambia un poco, pero tampoco es una maravilla.

-Yo tengo una prima que la está estudiando en Málaga, y allí las cosas están mucho mejor, dan las asignaturas en inglés, hacen más prácticas...
-Uff, pues no sabes lo que te espera. Yo no es por desanimarte, (esta frase siempre me ha hecho mucha gracia en estos contextos)  pero si fuera tú, me cambiaba de carrera.

Y entonces, yo pongo mi típica cara Azuki, y digo "bueno... pues... ¡gracias!".



Así estoy, hecha un lío, cansada. ¿Pero por qué los del Plan Bolonia no se han estado quietecitos? ¡La licenciatura de Filología Inglesa era mucho mejor! Yo quiero estudiar algo que tenga que ver con el inglés, con la literatura inglesa, mejorar el speaking, ir al laboratorio de idiomas (si es que lo hay)... y no hacer trabajos sobre la comunicación de las aves y los monos y los signos de puntuación. Creo que sólo se salva Fonética, pero tampoco es lo suficientemente motivante. Tan sólo los videos de este hombre me motivan mínimamente. Después de todas las dudas que tuve el año pasado  y  de haber tomado supuestamente una buena decisión,  ahora siento que he dado un paso atrás.

¿Qué pasará? ¿Seguiré extorsionando vilmente a los de segundo para que me den información? ¿Seguiré en la carrera? ¿Me iré a Narnia a vender tomates? Lo sabremos en el próximo capítulo de esta intrigante, conmovedora y, sobre todo dramática historia llamada...

"Mar y sus dilemas universitarios".

¡No te la pierdas! (Yo lo haría, pero es que siempre he sido muy exigente con la lectura. Vosotros no lo seáis).   :D :D :D





viernes, 17 de mayo de 2013

Carta al blog

Querido blog:

Sí, ya se qué cara habrás puesto a leer esas palabras. Que sí, que ya sé que le escribo cartas a todo el mundo menos a tí, pero la verdad es que nunca me imaginé haciéndolo. Pero creo que ha llegado el momento, porque tengo varias cosas que decirte.

Cuando te abrí, hace ya casi dos años (que se dice pronto) mi vida era un desastre. Digamos que las cosas no me podían ir peor, para qué nos vamos a andar con rodeos. Y tú lo sabes. Por eso precisamente decidí abrirte. Sé que hay muchos blogueros que empezaron a escribir por los mismos motivos, y la verdad es que no me extraña para nada. Escribir te ayuda a sacar lo que llevas dentro, a ver las cosas desde otra perspectiva. Además, si eso te permite que personas a las que no conoces de nada te lean y comenten, la sensación es incomparable. Y tú lo sabes. Lo sabes.

Te ibas a llamar "Las estrellas que no quisieron ser fugaces", pero el título me pareció demasiado largo, así que decidí cambiarlo por "Canciones de Madrugada". Sabes que soy una noctámbula sin remedio, y que muchas de las entradas que te he escrito han sido en noches de reflexión y dudas. Tengo que reconocer que escribir mis pensamientos me ayudaba a sentirme mejor. Mis problemas seguían ahí, es cierto, pero el hecho de ser capaz de escribir un texto que reflejara cómo me sentía era algo demasiado bueno como para dejarlo.

Decidí llenarte de poemas, canciones, imágenes soñadoras... porque no los había en mi vida. Quería que fueras una ventana abierta a mi mundo, un toque de color en esos días grises que, por desgracia, me tocó vivir desde tan joven. ¿Pero sabes qué? Que los poemas de tristeza y desarraigo dieron tiempo a anécdotas curiosas y disparatadas, y a entradas más amenas y esperanzadoras. Mi vida estaba cambiando, y tú con ella. Parecía que las cosas empezaban a irme un poco mejor, y estaba contenta. 

Sé que no suelo escribir muy a menudo, y que cuando lo hago, no sientes la plenitud de las primeras entradas en los textos. No pienses que ya no los siento como antes; simplemente, estoy en un momento diferente. La inspiración no me visita tan a menudo como me gustaría, y mi imaginación no está en su momento más álgido, tengo que reconocerlo. Supongo que tú también lo habrás notado. ¡Cuántas veces habré pulsado "nueva entrada" y le habré dado a "cerrar" luego de varios intentos que quedaron en nada! Pero tú me conoces, y sabes que jamás publicaría algo de lo que me pudiera arrepentir. Sabes que si por mí fuera me dejaría la piel en cada una de las palabras que escribo, pero últimamente siento que no puedo hacerlo. 

De todas formas, tengo que decirte que, sin lugar a dudas, abrirte fue una gran decisión. Y si lo fue -y lo sigue siendo- es porque me has dado la oportunidad de conocer a personas increíbles que aún desde la distancia, ya forman parte de mi vida, de mi día a día. Personas que merecen la pena, que te animan si estás mal y se alegran como los que más si las cosas te van bien. Personas que no te juzgan -antes te leen- y que comparten pedacitos de sus vidas, que te hacen partícipes de sus historias y experiencias. No te puedes hacer ni la más remota idea de lo que eso significa para mí. No sé qué sería de mí sin ese sevillano que no para de escribir cartas, sin esa muchacha atenta y comprensiva y sus biquiños, sin ese pack 2x1 de hortalizas que me hacen partirme de risa con cada entrada, sin ese par de ojazos que se desvive por Ron y sin ese cinéfilo y amante de la lectura que nos regala reseñas dignas de la mejor prensa. Y hay más, claro que los hay. Pero ellos, especialmente ellos, están ahí. Y lo valen.

Querido blog, no quiero despedirme sin pedirte disculpas por mis laaaaargas ausencias, por los intentos fallidos de cambio de diseño, por esas reseñas de pelis y libros que luego quedaron en nada, por esas temporadas en las que no estoy bien y me cuesta responder a los comentarios... ¿Pero sabes qué? Que escribir es algo que forma parte de mí, y lo pienso seguir intentando. Y sé que no me vas a cerrar las puertas por más que me cueste hacerlo. No te preocupes, que como cada noche, yo estaré aquí para seguir trayéndote tus canciones de madrugada. Dame una oportunidad.

Un beso.


Mar.




lunes, 13 de mayo de 2013

Renacer

El alma helada, 
los ojos entrabiertos,
el rostro envuelto en un velo de desconfianza.
Así te encontré.

Las manos inmóviles,
las muñecas amoratadas,
el cuello surcado por arañazos.
Quiero borrar ese retrato de mi mente.

Me miraste,
me diste la mano 
y te levantaste.
Pero aun no caminabas.

Te faltaba un motivo,
una sola razón para vencer al olvido.
Te curé las heridas,
te abri los ojos,
sofoqué tu alma congelada,
desinfecté los arañazos que sangraban.
Y te escuché.

 Pero aun no caminabas.

Me inventé miles de historias para tí,
todas ellas banales
pero absurdamente cómicas.
Y tú, antentamente, me escuchabas.

Pero aun no caminabas.

Compuse dos canciones para tí,
te hice poemas, 
me grabé en video,
y te dibujé mientras dormías la siesta.
¡Sabré yo la de cosas que intenté por verte sonreir...!

Pero aun no caminabas.

Y un día, más triste que cansada,
me paré a pensar
qué era lo que realmente necesitabas.
Hastiada,
le dí mil vueltas a la cabeza,
repasé tus fotos
y lloré con la almohada.

Nada.

Nada.

Llega la mañana.
Abro la ventana, 
preparo el desayuno,
me doy una ducha,
abro la ventana.
Y me encuentro contigo.

Allí, a lo lejos,
estabas todo tú,
entero,
abriendo los ojos,
dedicándome tus miradas,
desprovisto de vendajes,
escuchando mis canciones,
gritando mi nombre,
viviendo.
 No podía creerlo,
amigo mío.

Tú... caminabas. Caminabas.

¡Caminabas!

Tenías el alma curada.





viernes, 10 de mayo de 2013

Únicos

-¿Y tú, tienes hermanos?
-No, soy hija única.
-Pues no sabes la suerte que tienes...

En eso consistían las conversaciones que solía mantener con las personas que me hacían esa pregunta, que si tenía hermanos, una y otra vez. Pero lo cierto es que ser hija única no es lo que se dice una suerte. Es cierto, sueles recibir la mayor parte de la atención por parte de tus padres y el resto de la familia, no tienes que compartir habitación con nadie, y todos los beneficios que puedas obtener en cumpleaños, santos, Reyes y demás celebraciones, son exclusivamente para ti. Pero claro, no tienes a tu lado a ese hermano con el que compartir mil y una aventuras, con el que planear las más temibles fechorías desde la quietud del salón a la hora de la siesta, o con quien compartir castigos, cenas, meriendas, visitas familiares aburridísimas y eternos viajes en coche. Yo sé que todos los hermanos discuten. De hecho, hay mucha gente que dice que no soporta a sus hermanos, pero yo sé que en el fondo no podrían vivir sin ellos. Pelean, discuten muy a menudo, emprenden viajes furtivos a la habitación del otro para saquearla, y en muchos casos se las apañan para que castiguen al hermano por algo que no ha hecho. Pero se quieren.

Reconozco que me hubiese encantado tener un hermano o hermana, mayor o menor que yo. Me da igual. Un hermano mayor que me cuidara, que me protegiera, que me hiciera rabiar con sus chistes estúpidos y su verborrea incontenible, un hermano al que le fastidiara recogerme de las clases de inglés pero que no dejara de hacerlo ni una sola vez, que me enseñara miles de trucos y me diera consejos sabios para defenderme. Un hermano que no soportara que nadie se metiera conmigo, que me cuidara por encima de todo pese a reconocer que, en ocasiones, no me aguanta. O quizás un hermano pequeño que entrara en mi habitación y revolviera mis cosas, que sacara sus propias conclusiones de mis conversaciones telefónicas con su inteligencia infantil, que llegara a ser insoportable a la par que imprescindible para mí... un hermano al que proteger siempre.

Sé que dicen que los hijos únicos tenemos fama de caprichosos, de egoístas, porque siempre hemos estado acostumbrados a que nos lo dieran todo. Se dice que no sabemos compartir, que somos introvertidos, e incluso que tenemos una mayor propensión a entrar en depresión. Como muchas cosas en esta vida, esto también es algo muy relativo. El carácter de cada uno depende de sus experiencias personales. Durante mi infancia nunca eché de menos el tener un hermano, pero conforme iba creciendo, esa necesidad era aún mayor. Porque claro, al ser hija única recibes toda la atención y el cariño por parte de tus padres, pero también todos los reproches y broncas. Y en esos momentos, te gustaría apoyarte en alguien cercano a ti, o al menos saber que no eres la única persona en casa que se siente mal porque sus padres no han tenido precisamente un buen día. Por ejemplo.

Ser hijo único no es nada fácil. Tiene sus ventajas y sus inconvenientes, como todo en esta vida, pero no es fácil en absoluto. Has de aprender a lidiar con situaciones muy difíciles tú solo, aunque, por desgracia, también existen casos de hermanos que se olvidan, que se abandonan, como si fueran extraños. Sí, reconozco que me hubiera gustado tener un hermano, pero, afortunadamente, he podido contar con personas a mi alrededor a las que me siento muy unida pese a no tener lazos de sangre. Y quizás esa unión sea mucho más fraternal que la biológica, porque la hemos creado nosotros mismos. Y por eso, resulta casi indestructible.

Hijos únicos del mundo... no tenemos hermanos, pero hemos aprendido desde pequeños a ingeniárnoslas para divertirnos como buenamente podíamos, a aguantar estoicamente los enfados y reproches de nuestros padres, y a lidiar con esa fama de caprichosos y "mimaditos" que siempre hemos tenido. Y nada más que por eso, tenemos suficiente experiencia como para poder enfrentarnos a muchas situaciones difíciles de la vida con algo más de entereza. Somos únicos.


lunes, 29 de abril de 2013

Inconformista Martina

Martina se levantó a las siete de la mañana, deseosa de encontrar al fin una solución a ese paro obligado que arrastraba desde hacía seis meses. Lentamente, abrió el grifo del agua fría y sus poros despertaron ante la caricia helada que le procuraban sus manos. Se miró al espejo. Tenía algunas ojeras, pues no había dormido nada, y su rostro parecía apagado. Tendría que echar mano al maquillaje para hacer un milagro... otra vez.

Se bebió el café caliente a pequeños sorbos, quemándose la lengua, y se puso el traje gris de rayas que lucía en todas las entrevistas. Despertó a Donna con una suave caricia que la gatita respondió con un pequeño maullido, y trató de desenredar su pelo. El peine luchaba incansablemente por desenmarañar esos rizos pelirrojos que a Martina le habían dado tantos quebraderos de cabeza. Cansada, optó por recogerse el pelo y cubrió sus ojeras con corrector.

Antes de salir de casa, abrió las persianas y comprobó las reservas de comida que a duras penas subsistían en la nevera. Era final de mes, y se notaba. Claro que se notaba. Estaba cansada de dejar su currícilum en miles de empresas que probablemente no la llamarían, y comenzaba a creer que nunca conseguiría un empleo. Cansada. Estaba cansada de vestir ese traje gris serio y aburrido, de fingir simpatía ante sus entrevistadores tras haber comprobado que el resto de aspirantes habían sido despachados con mucha menos elegancia. Estaba cansada de coger el metro, de aguantar la pesadez de esa muchedumbre que se dirigía en masa a su lugar de trabajo, de llevar a cuestas un título de Licenciada en Empresariales que más bien parecía una condena. Martina nunca quiso estudiar empresariales, pero no le quedó más remedio. Nunca obtuvo una beca lo suficientemente cuantiosa como para estudiar Bellas Artes en otra ciudad, una carrera costosa y alejada de un futuro laboral estable, según le decían muchos. Pero, ¿qué importaba eso ahora? Tenía veinticinco años, una carrera, un máster y tres idiomas en su currículum. Pero también tenía sueños, ilusiones y esperanzas. El gris de la rutina diaria, de la monotonía, en nada se parecía a ese universo de colores que imaginó al comienzo de la Universidad, cuando el hastío aún no se había apoderado de ella, cuando aún tenía ganas de romper moldes y sacar a relucir sus pinceles. 

Martina se miró al espejo por última vez antes de salir, y suspiró. Los pantalones le apretaban demasiado, y con ese recogido improvisado que se había hecho, cansada de luchar con sus rizos, parecía mucho mayor. El maquillaje, precozmente acartonado, asfixiaba su rostro, y a duras penas ocultaba los estragos que el cansancio y los nervios de la noche anterior habían marcado sobre su piel. Odiaba ese maletín negro de piel que portaba diez copias de su currículum, y los zapatos le estaban pequeños, y hacían que le dolieran los pies. El cuello de la camisa hacía que le picara la espalda, y las lentillas le estaban provocando una irritación en los ojos que estaba despertando sus instintos asesinos por momentos. Y entonces, al verse tan patética, tan absurdamente disfrazada de alguien que no era, tan hipócrita, tan desleal a sí misma y a lo que realmente deseaba hacer, tomó una decisión. Se quitó el traje, se soltó el pelo, se deshizo de los zapatos con un par de patadas y se puso sus gafas de siempre. Guardó el maletín en el armario del trastero, se puso una camiseta de Pink Floyd y unos pantalones morados, sus zapatillas de la suerte, y se colgó al hombro la mochila que antaño la acompañó en mil y una aventuras. Entonces, le dejó algo de comida a su gatita Donna, cogió un estuche con carboncillos y un bloc de dibujo, y se montó sobre su bici. Pedaleó sin descanso, olvidándose de la entrevista de trabajo, de las años de estudio, de ese máster que le había costado una pasta y que aborreció hasta el mismo día que acabó, y se perdió por las calles de su ciudad, libre al fin. Estaba decidida a hacer lo que siempre había querido hacer, a estudiar Bellas Artes en cualquier otra ciudad tirando de cualquier beca y de la ayuda que le pudiera proporcionar algún que otro empleo de verano. Y, sobre todo, estaba decidida a ser ella misma por primera vez en mucho tiempo. Sabía que pasaría hambre, que sería duro, y que el futuro que le esperaba estaba muy alejado de los cómodos -y fríos- sillones de piel de una oficina y del tecleo incesante de un ordenador... y por eso le gustaba tanto.

Dejó de pedalear, y se detuvo frente al faro. 

Ahora sí... había mucho trabajo por hacer.